Tu relación con la comida en la infancia: cómo te sigue afectando hoy

Los mensajes que recibimos sobre la comida en nuestra infancia no desaparecen cuando crecemos. Algo que he aprendido con los años es que muchos de los patrones que hoy nos desconciertan tienen raíces muy antiguas, y que entenderlos es el primer paso para liberarlos.

Hace algunos años, durante una sesión de acompañamiento nutricional, una mamá me dijo algo que no he olvidado: "Yo sé que le hablo bien a mis hijos sobre la comida, pero cuando nadie me ve, me termino el plato de mis hijos aunque ya no tenga hambre. No sé por qué lo hago."

Le pregunté cómo era la mesa familiar cuando ella era pequeña. Después de un silencio me respondió: "Había que terminarse todo lo del plato o mi papá se enojaba. No podías decir que ya no querías."

Ahí estaba. Cuarenta años después, su cuerpo todavía obedecía esa regla invisible.

Lo que aprendemos en la mesa no se olvida fácil

La infancia es el tiempo en que formamos nuestras creencias más profundas sobre el mundo, sobre nosotros mismos, y también sobre la comida. Lo que vivimos en la mesa familiar durante esos primeros años se convierte en un guión que seguimos durante décadas, muchas veces sin saberlo.

¿Te dijeron que tenías que terminar todo lo que te pusieran? ¿Que la comida no se desperdicia? ¿Que el postre era un premio y las verduras un castigo? ¿Que cuando estabas triste, un dulce lo arreglaba todo? ¿O quizás que comer mucho era de gente sin educación?

Estos mensajes, recibidos de personas que nos amaban y que hacían lo mejor que podían, se instalan en el sistema nervioso como verdades absolutas. Y aunque la mente adulta puede reconocer que no son útiles, el cuerpo sigue respondiendo a ellos de forma automática.

Los patrones que heredamos sin querer

Predicar con el ejemplo, no con la palabra es algo que los padres y madres de hoy entendemos en teoría. Pero muchas de nosotras llegamos a la maternidad cargando patrones que nunca examinamos porque nunca supimos que existían.

La madre que restringe alimentos "malos" frente a sus hijos está transmitiendo una relación de miedo con la comida. La que se sirve poquísimo y dice "yo no tengo hambre" cuando en realidad está haciendo dieta, está enseñando que el cuerpo femenino debe controlarse. La que usa el helado como consuelo cada vez que hay una emoción difícil está anclando la ecuación tristeza igual a comer dulce.

No digo esto para culpar a ninguna madre, ni a ninguna abuela. Lo digo porque reconocerlo es el primer paso para romper el ciclo.

Ir a la causa, no al síntoma

Cuando alguien llega a mi consulta sin poder entender por qué no puede parar de comer aunque no tiene hambre, o por qué siente culpa profunda después de disfrutar un platillo, o por qué le cuesta tanto escuchar a su propio cuerpo, casi siempre encontramos que la respuesta no está en el presente. Está en algún rincón de la historia personal.

Ir a la causa, no al síntoma significa que antes de hablar de qué comer, hablamos de cómo se comía en tu casa. Qué se decía sobre el cuerpo, sobre el hambre, sobre el placer. Qué emociones estaban permitidas y cuáles se callaban con comida.

Este trabajo es profundo y a veces removedor, pero también es enormemente liberador. Porque cuando por fin ves de dónde vienen ciertos patrones, empiezas a tener una distancia que te permite elegir diferente.

El cuerpo recuerda lo que la mente olvida

Somos seres bioindividuales, y eso incluye nuestras historias. No hay dos personas que hayan vivido la misma infancia alimentaria, ni que carguen exactamente las mismas heridas ni los mismos recursos. Por eso no hay una sola forma de hacer este proceso de reconexión con la comida.

Para algunas personas, reconocer un patrón es suficiente para que algo cambie. Para otras, hace falta un trabajo más profundo de acompañamiento terapéutico o nutricional. Lo que sí es cierto para todas es que el cuerpo guarda memoria, y que esa memoria puede liberarse cuando se le da el espacio adecuado.

No se trata de culpar a tu familia ni de reescribir el pasado. Se trata de entender tu historia para poder escribir una nueva con más consciencia, experiencia y gozo.

Para las mamás de hoy: la oportunidad de un nuevo comienzo

Si estás leyendo esto y eres mamá, quiero decirte algo que siento con toda honestidad: el hecho de que te estés haciendo estas preguntas ya es un regalo para tus hijos.

Cuando trabajamos nuestra propia relación con la comida, automáticamente cambiamos el ambiente emocional que creamos en casa. No necesitas ser perfecta. Necesitas ser honesta, curiosa y dispuesta a crecer.

Nutrir y cuidar tu cuerpo es honrar el alma que lo habita. Y eso incluye honrar también tu historia, con ternura, sin reproches, con la claridad de quien sabe que puede elegir algo diferente.

Si sientes que tu relación con la comida tiene raíces que no acabas de entender, me gustaría mucho acompañarte en ese camino. En mi consulta trabajamos desde una perspectiva integrativa que une la nutrición, la historia personal y el cuerpo. Porque la salud real siempre va de adentro hacia afuera.

Con todo mi cariño,

Ximena