El miedo a engordar: raíces culturales y cómo trabajarlas desde la nutrición

El miedo a engordar no nació con nosotras: llegó a través de generaciones, de comentarios en la mesa familiar y de mandatos culturales. Les quiero compartir cómo empezar a trabajarlo desde la nutrición y desde una mirada más amorosa hacia el cuerpo.

Hay una conversación que he tenido muchas veces con madres en mi consulta. Comienza con algo así: "Es que desde joven me dijeron que tenía que cuidarme para no engordar, y ahora no sé cómo comer sin miedo." Lo que escucho debajo de esas palabras no es una pregunta sobre calorías ni sobre dietas. Es una herida que viene de lejos.

El miedo a engordar no nació con nosotras. Llegó a través de generaciones, de comentarios en la mesa familiar, de revistas que prometían el cuerpo ideal, de abuelas que ofrecían amor con una mano y crítica al cuerpo con la otra. Es una construcción cultural tan arraigada que muchas ya no saben distinguir entre lo que genuinamente necesitan y lo que fueron condicionadas a temer.

De dónde viene ese miedo

Vivimos en culturas que han equiparado delgadez con valor, disciplina, salud e incluso bondad moral. Esta ecuación es falsa, pero se repite tanto que se vuelve parte del aire que respiramos. Desde pequeñas, aprendemos a observar el cuerpo con desconfianza: si sube de peso, algo hiciste mal; si baja, algo hiciste bien. El cuerpo deja de ser nuestra casa y se convierte en un proyecto de mejora permanente.

Para las madres, esto se complica aún más. El embarazo, la lactancia, el postparto, los años de crianza intensa: todo transforma el cuerpo, y en lugar de honrar ese proceso, muchas sienten que deben "recuperar" algo que en realidad nunca debieron perder. La presión cultural susurra que tienes que volver a ser quien eras antes, como si la maternidad fuera solo un paréntesis.

Ir a la causa, no al síntoma, es una de mis convicciones más profundas. Y la causa aquí no es el cuerpo. Es la narrativa que aprendimos sobre él.

El cuerpo como síntoma de algo más profundo

Cuando el miedo a engordar gobierna las decisiones alimentarias, el cuerpo queda atrapado en un ciclo de restricción y compensación que agota la relación con la comida. No es falta de voluntad. Es que el sistema nervioso está en alerta permanente, y la biología responde a esa señal de escasez con más urgencia, no con menos.

Desde una visión integrativa y transpersonal, el cuerpo no miente. Sus respuestas, incluyendo el almacenamiento de grasa, la ansiedad nocturna, el hambre emocional, son mensajes. Mensajes que piden ser escuchados, no suprimidos. Nutrir y cuidar tu cuerpo es honrar el alma que lo habita, y ese honor comienza por dejar de tratarlo como un enemigo.

Trabajar estas raíces no es solo cuestión de cambiar hábitos alimentarios. Implica hacer consciente la historia que cargamos, los mandatos heredados, las voces internas que se activan frente al espejo o frente a un plato.

Cómo empezar a trabajarlo desde la nutrición

El primer paso es, quizás, el más sencillo y el más difícil a la vez: observar sin juicio. ¿Qué pienso cuando siento hambre? ¿Qué emoción aparece cuando como algo que antes llamaba "prohibido"? No para cambiar nada todavía, sino para conocer el territorio.

Desde ahí, podemos ir construyendo una nueva relación con la comida que parta de la nutrición real, no del miedo. Esto significa elegir alimentos que alimenten de verdad, que den energía, que sean compatibles con la biología propia. No hay una lista universal de "alimentos buenos y malos" porque somos seres bioindividuales: lo que nutre a una persona puede no funcionar igual para otra. Cada cuerpo tiene su historia, su microbioma, su ritmo, su sensibilidad.

También significa practicar la presencia en la mesa. Comer con conciencia, sin distracción, escuchando las señales de saciedad y placer que el cuerpo envía cuando le damos la oportunidad de ser escuchado.

La conciencia como camino de sanación

Algo que he aprendido con los años, tanto en mi práctica como en mi propia vida, es que la sanación de la relación con el cuerpo no ocurre a través del control. Ocurre a través de la conciencia, la experiencia y el gozo. Cuando una madre aprende a comer desde el placer y el cuidado genuino, no solo transforma su propia vida: le muestra a sus hijos que el cuerpo merece respeto, no disciplina punitiva. Predicar con el ejemplo, no con la palabra.

El miedo a engordar puede desaprenderse. No de un día para otro, y no de la misma manera para todas. Pero sí puede transformarse en algo distinto: en curiosidad, en escucha, en una relación más amable con ese cuerpo que te ha acompañado en todo.

Si sientes que estas palabras resuenan contigo, me encantaría acompañarte en ese camino. Trabajamos juntas, desde las raíces, hacia una relación con la comida y con tu cuerpo que se sienta libre.

Con todo mi cariño,

Ximena